“Es mejor saber después de haber pensado y discutido que aceptar los saberes que nadie discute para no tener que pensar.”

Fernando Savater

Nunca es tarde para desarrollar un espíritu crítico ante la vida, frente a valores, principios, creencias, juicios, que nos han inculcado. No tomemos las cosas por ‘buenas’ o por ‘malas’ solamente porque otros las han juzgado buenas o malas.

Muchas de las cosas que suceden a nuestro alrededor no son en sí mismas buenas o malas. Seamos críticos, desarrollemos un sano escepticismo que nos invite a dudar de lo establecido, a cuestionar lo que se nos presenta como veraz, a no dar todo absolutamente por sentado, a no prejuzgar ni etiquetar de una manera sistemática e irreflexiva.

Existe un conocimiento que no puede apoyarse en ninguna evidencia científica pero por el contrario sí es verificable de una manera empírica a través de la propia experiencia. El sano escepticismo no cree sin más. Creer es asumir sin cuestionar. El sano escepticismo busca, explora, investiga, piensa por sí mismo sin asumir los dictámenes automáticos de otros. Integra el conocimiento a través de la propia vivencia.

Démonos el placer de discrepar si así lo sentimos. Démonos tiempo para elaborar nuestra propia respuesta aunque la velocidad de nuestros tiempos empuje constantemente a una sentencia rápida y precipitada en muchos casos. No busquemos respuestas fáciles ni automáticas. Las respuestas de otros nos aportan confort y seguridad, pero asumirlas nos arrebata nuestra autenticidad, nuestra libertad y nuestro poder para experimentar, conocer, reflexionar por nosotros mismos y de este modo elaborar nuestra propia experiencia del mundo.

“El hombre se hace civilizado no en proporción a su
disposición para creer, sino en proporción a su
facilidad para dudar.”

Henry Louis Mencken

Asumir respuestas de otros de una manera sistemática y pasiva va poco a poco anestesiando nuestra capacidad para reconocernos y vivirnos como dueños de nuestra propia vida. Nos convertimos en autómatas y repetimos sin cesar los discursos, valoraciones, juicios, opiniones, experiencias y sensaciones de otros; de nuestros padres, de nuestros gurúes, de nuestros profesores, de nuestros medios de comunicación, etc. Nos convertimos en loros, en grandes y fieles copias de un original desdibujado sin ser conscientes de ello. ¿Puedes afirmar con total seguridad que tu criterio es verdaderamente tuyo? ¿No es cierto que en demasiadas ocasiones nos dejamos llevar por una cierta inercia de pensamiento y vivimos respondiendo a ciertos patrones de automatismo? ¿No damos acaso y en demasiadas ocasiones veracidad a palabras, valoraciones y experiencias de otros sin previamente haber elaborado un pensamiento propio o haber adquirido conocimiento a través de nuestra propia experiencia?

Mantener una posición crítica, reflexiva, es positivo en tanto que nos permite tomar conciencia de quiénes somos y quiénes no somos, clarificar nuestros propios valores y criterios y reafirmarnos en aquello que pensamos y sentimos, a veces coincidente con los demás o a veces no, pero siempre fruto de una exploración interna y de una reflexión profunda.

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